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martes, 18 de abril de 2017

Fito sacó a pasear su leyenda desde una intimidad explosiva.

Fito Páez coronó el domingo una trilogía de recitales a piano y voz en el porteño Auditorio de Belgrano, con una actuación capaz de exhibir el relieve de una obra que hizo un aporte extraordinario a la música argentina y que visitó con una probada noción de la temperatura que es capaz de generar entre sus seguidores.


Aunque el artista rosarino es un feliz visitante de su vasto cancionero y por ello ha celebrado intensamente los aniversarios de dos de sus discos insignia: “Giros” y “El amor después del amor”, desde el formato íntimo consiguió trazar una nueva dimensión expresiva de piezas que, partiendo desde la esfera del rock argentino, han impregnado a la canción toda.

Por eso y colocando la inspiración de su piano al servicio de cada momento del recorrido, el músico, cineasta y escritor entonó sentidamente un repertorio que muestra su estatura autoral y que también permite relecturas donde la intimidad es un condimento para celebrar.

“Está bien que el lugar es paquete y estamos en Pascuas y en Pésaj pero esto no es una misa. Métanle huevo también”, bromeó Fito en su primera alocución de la velada tras un comienzo de alto impacto con “Abre”, “Si es amor” y “Track Track”.

En esa comunicación fluida con el colmado teatro, estableció una relación candente y de ida y vuelta que, de todos modos, no cayó en la demagogia de la denominada “fiesta de abajo” sino que puso por delante el programa musical y su propia figura.

Y así fue hilvanando un cuento capaz de viajar desde el estremecedor sobrecogimiento de varios pasajes a la comunión de “Brillante sobre el mic” cuando pidió apagar las luces de la sala y que el auditorio sea iluminado por los teléfonos móviles y al cierre a capella y con coro masivo en “Yo vengo a ofrecer mi corazón”.

Entre los pasajes más relajados figuraron “Cable a tierra”, el instrumental “Waltz for Marguie” (dedicado a su hija Margarita) y “Llorando en el espejo” (de Charly García en tiempos de “Peperina” de Seru Girán), de los fragmentos a pedido de “Ámbar violeta”, “Tres agujas” y “Dejaste ver tu corazón” y el casi enganche entre el lirismo de “11 y 6” y su contracara rabiosa “El chico de la tapa”.

Otro gran momento amoroso se dio cuando ejecutó seguidamente “Tumbas de la gloria” y “Un vestido y un amor”, tema sobre el que comentó “es una canción preciosa, no parece mía”.

La visita del guitarrista Ariel Rot permitió que compartieran versiones de “Giros” (con un gran trabajo de cuerdas del ex Tequila y Los Rodríguez) y de “Me estás atrapando otra vez”, balada firmada por quien fuera cuñado del anfitrión.

Dando vueltas en torno a su propia historia de acuerdo a unos criterios que, confesó, fue urdiendo junto a Alina Gandini, también hubo espacio para “El mundo cabe en una canción”, “Detrás del muro de los lamentos”, "Mariposa Tecknicolor" y una mirada jazzeada pero no por ello menos convincente de “Al lado del camino”.

Dedicado pero nunca solemne ni a reglamento, el creador reactualizó un formato que desde la salida de “Rodolfo” (2007) paseó por teatros de Santiago de Chile, Río de Janeiro, Porto Alegre, Montevideo, Lima, Madrid, Israel, Londres, Miami, Nueva York, Washington, Los Angeles, Bogotá, Medellín y el DF mexicano, entre otras ciudades del mundo.

A la recorrida local de “Solo piano” le queda una noche más (el sábado 29 en el Festival de Cerveza Salta en el Centro de Convenciones de Limache) y luego Páez ingresará a estudios para dar forma a un próximo disco.

Del traje gris con remera que vistió al principio a los pantalones negros de cuero con casaca al tono que lució para los bises, Páez regaló 100 minutos de músicas de alto vuelo que llevan su firma y que revivieron con la potencia de una frescura que interpelan a un tiempo que sigue siendo el suyo y el del variopinto público que es capaz de convocar.

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